Lecturas veraniegas: La hermana de Sándor Màrai

La hermana fue el último libro que Sándor Márai publicó en su país antes de exiliarse. Escrita en 1946, a continuación de “El último encuentro” y con la segunda guerra mundial como telón de fondo, “La hermana” es un claro exponente de la extraordinaria sensibilidad de Márai para abordar las preocupaciones primordiales del ser humano: la pasión, el dolor, la enfermedad, la música, el éxtasis del arte y el misterio de la muerte.

 La novela está estructurada en dos partes, cada una de ellas contada en primera persona por dos narradores diferentes. Y tiene un momento culminante, un enigma, que cambia el destino del protagonista: una voz de mujer que dice: ”no quiero que se muera”. Cuando oye esta voz, el protagonista “decide no morirse” y empieza su recuperación, recuperación que no es total pues, mientras leemos la novela, el sr. Z  está muerto.

 El escenario de la primera parte es un hotel modesto, en la alta montaña, en el que el narrador, un escritor de renombre, conoce al compositor, Sr. Z. Márai hace una perfecta y honda descripción de los huéspedes del hotel profundizando en sus personalidades. En el hotel había una pareja de amantes que, tras fugarse juntos, se suicida. Después del suicidio, Márai, en boca del narrador realiza unas  interesantes reflexiones sobre la pasión y la razón cuestionándose cuál de las dos debe imponerse sobre la otraEl escritor y Z. hablan también sobre la aceptación de las cosas, de la muerte y del destino.

 La segunda parte de la novela es un manuscrito escrito por Z., en primera persona que nos narra el viaje de Z a Florencia invitado por el gobierno italiano, para dar un concierto. Cuando falta poco para cruzar la frontera, Z. se siente enfermo e intuye que nada volverá a ser como antes. Estaba alejándose de E., mujer misteriosa, a la que ama profundamente, pero que está “enferma”: es frígida. E. está casada y pertenece a la alta sociedad. Tras el concierto Z. es ingresado en un hospital florentino, donde pasará los meses siguientes debatiéndose entre la vida y la muerte, aquejado de una rara enfermedad vírica (¿podría ser una ELA?). El médico no le da el nombre de la enfermedad porque no es importante colocar un letrero sino saber qué le pasa y cómo lo vivirá el protagonista, singularmente.

 Las conversaciones con el médico y las hermanas que le atienden se convierten en una lucha entre la vida y la muerte, entre la lucidez y la locura a la que le conducen los fármacos que le administran. Durante uno de los delirios causados por la morfina, Z. escucha una voz femenina que le susurra: «no quiero que mueras». Las palabras actúan como un revulsivo y el enfermo empieza una rápida recuperación que lo lleva a replantearse aspectos fundamentales de su vida. Sin embargo, pese a sus indagaciones, nunca logrará saber con certeza a quién le pidió aquella noche, en la penumbra de la habitación, que siguiera viviendo.

 El sentido de la vida, de esta novela, me lleva al libro de Victor Frankl, psiquiatra judío, que tras pasar 4 años en un campo de concentración, explica que cuando uno se enfrenta a un destino ineludible, la vida ofrece la oportunidad de realizar el valor supremo de cumplir el sentido más profundo: aceptar el sufrimiento. El valor no reside en el sufrimiento en sí sino en la actitud para soportarlo. El sentido de la vida cambia continuamente, pero no cesa nunca de existir.

 La muerte es otro concepto permanente, ya sea como una sombra  que acecha a los personajes o como una realidad impuesta contra la voluntad de los seres humanos, tanto en lo individual como en los holocaustos perpetrados durante la guerra, que es como un telón de fondo que siempre está presente en esta novela.

Me ha llamado mucho la atención la relación que establece Z con su enfermedad. En ningún momento se angustia o se atormenta. La vive con absoluta curiosidad, observándola desde fuera.Y la relación con el dolor: “Por la mañana dolía de otra forma, de una forma matutina, porque, al igual que el amor es distinto por la mañana, por la tarde y por la noche, el baremo del dolor también cambia según las franjas del día”.

Resulta espectacular cómo Márai consigue que, incluso estando el protagonista dentro de la misma muerte, el texto irradie en cada línea esperanza. Transmite un sereno optimismo. No se queda anclado en la enfermedad. Se acerca a la esperanza, a la posibilidad de curación, a la vuelta a la vida desde las ganas de sobrevivir del ser humano. En el fondo Márai plantea esa necesidad de voluntad para huir de la enfermedad y del conflicto en la vida. «Busque la vida», le sugiere el médico al músico para salvarle de la enfermedad. Vida y literatura se cruzan en Márai  y ambas luchan entre sí con furor y rabia. El exilio  voluntario del escritor en Europa, la prohibición de su obra en Hungría, su suicidio en San Diego a los 89 años, antes de la caída de Berlín, son exponentes de ese terrible sufrimiento y de su lucha constante por la vida.

 La hermana  debió esperar casi veinte años, desde que su autor se quitara la vida en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín. Márai nació justamente el mismo año que v Nietszche, 1900 y experimentó, desde muy joven, el exilio, primero voluntario, en Europa, y luego forzoso e inevitable como emigrante a Estados Unidos. Con la instauración del régimen comunista en la Hungría de 1948 sus novelas fueron prohibidas y su nombre tachado de los círculos literarios e intelectuales de su ciudad natal (Kassa, hoy perteneciente a Eslovaquia).

Sándor Márai en cada uno de sus libros consigue poner justamente el dedo en la llaga, hurgar en la herida, recordar lo olvidado, hacernos ver lo que a veces no queremos mirar, pues como uno de los personajes de la novela dice: «Vivir exige mucha responsabilidad».

Las noticias

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Leer las noticias, nada más levantarse, sin tomar un ansiolítico después (o al menos una tila) es todo un reto: peligro de una tercera guerra mundial –ésta, nuclear, para más INRI, comisionistas sin escrúpulos que, presuntamente, se forran en tiempos de desgracia, violaciones desgarradoras…. ¿En qué nos estamos convirtiendo? Vana pregunta. El ser humano es así desde el inicio de los tiempos: busca el poder y el sometimiento del otro a costa de lo que sea.

¿Sabemos amar? Desde luego que sí, pero no es tan fácil. Entre las noticias y artículos de hoy, ha llamado mi atención El amor “tóxico” de Marguerit Duras.

Este amor se llamaba Yan Andréa. En 2006 leí su libro “Ese amor” y me impresionó tanto que todavía lo recuerdo. Como lectora empedernida de casi todo, a veces leo novelas cuyo título ignoro (la compro porque leo la contra y me llama la atención) y a veces, incluso el autor. Esto me da bastante culpa, porque sé lo que cuesta escribir.

Pero, cuando una novela, o ensayo, me atrae, lo releo, subrayo y no lo olvido. Eso me pasó con el amante de Marguerite Duras.

La Duras era bastante insoportable, al parecer. Dura y castradora. Yann, joven y tímido, leyó, a los 20 años, cuando estudiaba filosofía y letras en Caen, una novela de Marguerite y quedó prendado de ella. Después leyó toda su obra. Durante 5 años le escribió cartas sin recibir respuesta hasta que un día, Duras le dijo: venga a verme. Y allí comenzó una tortuosa y tóxica historia de amor. Él tenía 27 años y ella, 65. Estuvieron juntos hasta que ella murió. Suena bonito, ¿verdad? Pues parece que no lo fue. Su brutal relación duró 16 años en los que la escritora humilló y maltrató a Yann. Sin embargo, él no podía vivir sin ella. A su muerte, cayó en una gran depresión y se planteó acabar con su vida.

Yan en “ese amor” narra esa pasión. “No, no espero nada. Solo a usted. Su persona unida a mi y la mía, a usted. Una especie de vínculo imbécil, absurdo, que no tiene sentido. Y, sin embargo, está ahí.” “Soy de quién me quiera, sin preferencia, en una absoluta no-elección

Fue su secretario, su chofer, su enfermero y su amante homosexual. El libro es imprescindible.

Qué difícil es querer bien. Para ello se tiene que haber sido bien querido.

En fin… intento buscar alguna noticia no catastrófica a diario para poder seguir creyendo en el ser humano y, entre las desgracias y los cotilleos sobre los influencers y demás personajes, parece que no queda papel para las cosas bonitas.

Espejo, espejo. Película

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No soy una gran cinéfila ni tampoco una crítica de cine, pero  quiero comentar una película: espejo, espejo, Dirigida por Marc Crehuet y producida por Rodar y Rodar) a cuyo estreno acudí, invitada, el pasado jueves. La película abría el VI Festival Internacional de cine de Barcelona Sant Jordi  y yo abría mi vuelta a una sala de cine desde la pandemia. Allí estaban los actores, productores y gente de la que me gusta.

La película se publicitaba como una comedia sobre los problemas de identidad. Es indudable que los toques de humor estaban. Y eran inteligentes. Humor inteligente, de ese tan difícil de hacer.

El tema, la identidad sexual (y las identidades, en general), ese tema tan complejo y que ha generado  mucho sufrimiento, es tratado con aparente superficialidad, puesto que no se olvida de remarcar la estupidez (todos, todas, todes), pero la película tiene mucha enjundia, mucho fondo.

Los actores, todos muy buenos, se miran al espejo y el espejo les devuelve una imagen, ellos mismos, pero con otra mirada; ese otro que llevamos escondido. Y así, el actor toma conciencia de quién es verdaderamente.

Lacan, psicoanalista muy complejo, designa la “fase del espejo” como una fase del desarrollo psicológico del niño, comprendida entre los 6 y los 18 meses, en  la que el niño se percibe por primera vez, percibe su imagen corporal completa en el espejo y se reconoce. En esta fase se desarrolla el yo. El yo ejerce funciones de control de impulsos, de pensamiento y de la conciencia.

Spoiler: si no quieres saber más de la película, no sigas leyendo.

Pues bien, la película refleja el yo del sujeto, porque ninguno es como cree ser. El director, guaperas, seguro de sí mismo, ligón y exitoso, es un “falso self”, un falso funcionamiento orquestado por una madre fálica y dominante que lo recrea según su deseo y  le convierte en un ser que no es. Cuando descubre su identidad, se desdibuja, se cae, no se sostiene. Santi Millán y Verónica Forqué, lo bordan.

No voy a seguir para no revelar la película (Sé que la curiosidad puede con las advertencias de spoiler y luego uno se arrepiente), pero cada personaje va descubriéndose, rebelándose ante aquello que no le gusta de sí mismo, o aceptando lo que no sabía y así, se va constituyendo como sujeto.

La trama va de un extremo a otro y al final opta por los términos medios. La empresa –es el argumento central de la película- celebra su 50 aniversario y se renueva  para un público mayoritario, entendiendo que hay personas diferentes que deben estar incluidas en la sociedad.

Felicidades a los actores y creadores. Esta película es de las que no se deben perder. Son 80 minutos que se hacen muy cortos

Conflictos y ansiedades

Hace cosa de dos años tuvimos un problema: nuestro contador de la luz estaba cambiado; le pagábamos la luz a un vecino y él nos pagaba la nuestra. Pero ellos eran 4 y nosotros, dos. Además sólo íbamos los fines de semana. Nos costó un montón de cartas, llamadas, tensión y tiempo, que un técnico viniera a mirar los contadores. Por fin vino uno que confirmó la situación. Reclamamos a Endesa y ni caso. Iniciamos un pleito. Hace ya dos años y todavía todo está en proceso.

Cambiamos de compañía y ahora le ha tocado el turno al gas. Pagando una media de 60-70€ al mes (y los muy fríos unos 120), nos llega una factura de más de 500€. Coincidiendo una temporada en la que solo se habita la casa tres días a la semana, dos personas y nunca a más de 20º de temperatura. Imposible haber consumido esa cantidad. Holaluz ha cobrado. Ahora nos toca pagar un técnico que venga a ver si el contador está roto. Si es así, a reclamar. Y ya veremos. El técnico del contador está avisado, el de la caldera, también. Todo a cargo del consumidor. Mientras tanto, sin calefacción, para evitar sorpresas.

¿No es un abuso total de poder?

El desánimo y la frustración que producen estas situaciones (además del quebranto económico) inciden en nuestra salud mental y en nuestro bienestar emocional y eso no lo restituye nadie. Sientes que abusan, que maltratan y que no puedes hacer nada. Primero pagas y luego compruebas, pagando, y después reclamas.

¡Qué tristeza!

Malos tiempos

Pensaba retomar las entradas de esta página web cuando hubiese remitido la pandemia, para no hablar de ella. Las secuelas emocionales son muchas y ahora se trataba de «levantar cabeza» y de volver a vivir ( a ser posible, como antes o mejor, porque algo deberíamos de haber aprendido). Pero, cuando ya estábamos planificando cosas (cursillos, viajes, salidas familiares, cine, etc.)  un narcisista con delirios de grandeza (valga la redundancia) decide invadir un País sembrando el terror.

Los medios de comunicación se ceban en las desgracias y nos las muestran sin pudor. Se nos encoje el corazón de pena y de miedo. Los sentimos muy próximos ¿Y si Putin cruza la línea roja y el conflicto se extiende?.

Podemos seguir sumando desgracias: la economía se tambalea, los precios suben, las huelgas se disparan… Y, entre tanto desasosiego, aparecen noticias como  la que leí el otro día que no hacen sino aumentar el horror: las mafias de prostitución están engañando y secuestrando a las mujeres jóvenes que huyen de la guerra ¿Se puede hacer algo peor? Me entristece y me enfurece en la misma medida. La violencia de los hombres sobre los hombres y contra las mujeres parece ilimitada. Cuestionarme la bondad del ser humano es algo que me resulta muy doloroso. 

La poesía y la música me calman, pero el profundo dolor de lo que estamos viviendo no me lo puedo quitar de encima.

La pandemia

Estamos viviendo -o acabando de vivir- una situación impensable. De la mal llamada «gripe española» no sabíamos casi nada ni nos interesaba el tema (en general). Y, de repente, el virus de Wuhan azota al mundo, nos confina, nos cambia la vida y nos damos cuenta de nuestra vulnerabilidad. También nos damos cuenta de nuestra inconsciencia y de nuestra capacidad de negación: esto no va conmigo. Una vez, en broma -creo-, un familiar que estaba leyendo las esquelas, me dijo: «últimamente se está muriendo mucha gente que no se había muerto nunca» y nos reímos. Siempre son los demás los que fallecen.

Se levantan las restricciones y se llenan las calles de gente que baila, grita, fuma, bebe y va sin mascarilla. Los más, nos escandalizamos; pero ¿A qué podemos atribuir esa conducta? El virus, las pandemias, nos cambian la vida e influyen en nuestros vínculos y nuestras costumbres. Nos asustan y nos plantean enormes cuestiones sobre nuestras relaciones, sobre la muerte, sobre nuestra fragilidad. Pero, aunque invertimos muchos recursos en afrontar el tema (véase la rápida creación de vacunas a nivel mundial), después nos olvidamos. Es la pulsión de vida.

Lo que resulta y ha resultado más difícil es perder la libertad. La pérdida de libertad, como ocurre en la cárcel, nos remite a la idea de ser dominados, de no poder elegir y gobernar nuestra vida. Y, aunque entendemos que, en el caso de la pandemia, es por nuestro bien, no deja de evocarnos un castigo: «hoy no sales». Nuestro aislamiento, por otra parte, se traduce socialmente en seguridad y tranquilidad. Y esa ambivalencia entre sentirse libre y/o dominado -por nuestro bien, no como castigo- es lo que nos tiene (o tenía) tan tristes, desencantados y cansados. Perder la libertad de salir, de reunirte con los amigos, de viajar, de moverte por donde quieras genera un gran impacto emocional. La falta de abrazos, de contacto con los seres queridos, la soledad, la afectación de toda esta situación en nuestra sexualidad y el miedo al futuro (por no hablar de los duelos, de las pérdidas de todo tipo) ha afectado profundamente a nuestras vidas.

Por eso, y por una tremenda falta de respeto a los demás, salió la gente a la calle a las 00,00 horas desbocada e incluso felicitándose el año nuevo en pleno mes de mayo. Un año nuevo sin virus. Ese es nuestro deseo: la libertad. Fuera la mascarilla que nos tapa la boca e interfiere la comunicación, fuera las restricciones al movimiento, fin de las muertes. El deseo ha podido más que la realidad y no queremos ni oír que virus sigue ahí. Los más mayores están más tranquilos, porque están vacunados. Y los más jóvenes creen que esto no va con ellos.

Y en toda esta desazón no hemos tenido la sensación de que nuestros políticos nos cuiden. Todos discutiendo, peleándose, echándose la culpa hasta del virus….

Quizá, cuando salgamos de verdad de este agujero podamos analizarlo mejor y ver el impacto real que ha dejado en nuestras vidas.

Hace un año ya….

Hace un año que nos confinaron. Nos lo tomamos medianamente bien; era un encierro para quince días e íbamos a estar en casa, aprovechando para hacer todo lo que teníamos atrasado. Y para estar más con los nuestros. Pero esos 15 días se han convertido en un año. Un año sin viajar, sin abrazar, sin ver a tu gente. Un año de soledad. Un año que promete alargarse sine die, porque las vacunas no llegan, porque el virus muta, porque nadie parece saber qué es lo correcto a la hora de actuar contra el virus.

Ana Fuentes ha publicado, el día 6 de este mes, un artículo en el País que titula El ministerio Parche, en el que dice que en 2020, 20.000 japoneses se quitaron la vida. El gobierno japonés ha creado un Ministerio de la Soledad.

Los japonense nunca han sido un espejo en el que mirarme, quizá porque están muy lejos y encuentro pocos elementos de identificación con ellos, pero la noticia da que pensar.

Suicidios, depresiones, malestar, aumento del consumo de alcohol, bajada de la natalidad… Todos los estudios que se están haciendo, y de los que informa Naciones Unidas, son muy alarmantes. La pandemia mata y no solo por el virus.

Lo más atroz, las noticias más difíciles de asumir, son las muertes en soledad. El miedo a morirse solo hace extremar las precauciones. Y las precauciones excesivas nos han llevado a la soledad. La soledad de los ancianos en las residencias, de los jóvenes en sus casas (encerrándose cada vez más en los vídeo-juegos para evadirse a otras realidades más emocionantes); la soledad del teletrabajo. La soledad.

Aquí supongo que nadie va a crear un Ministerio de la Soledad, pero alguien debería velar por nuestra salud. Por la física, que se está desatendiendo por los pacientes covid y por la mental, que está totalmente desatendida. Para muchas personas la única fuente de información es la televisión. Los noticiarios de televisión son esperpénticos: tras un titular terrorífico sale un reportaje de un particular que lo está pasando fatal. Nunca sale un reportaje de un fulano que está feliz porque ha tenido un niño precioso y lo ha celebrado con su familia, o porque le han contratado en el trabajo de su vida. La noticia siempre es negativa, culpabilizante, absurda, a veces y siempre con los diferentes partido echándose la culpa de todo unos a otros.

Hace un año ya que estamos cansados, tristes, desilusionados. Quizá habría que crear un Ministerio de recursos emocionales para pasar la pandemia con ilusión.

Porque hace un año ya…. Un año a restar de nuestras vidas.

Cuando ir a la compra es toda una hazaña..

¿Cómo no hablar del coronavirus? Me resistía, pero es una de las experiencias más intensas de mi vida y no puedo dejarla de lado. Lo que empezó siendo como una fiesta (¡qué bien!: trabajo desde casa, arreglo armarios, leo, me encuentro conmigo misma…) se está convirtiendo en una pesadilla. Todos sabemos que hay que ser fuertes y resistir, pero no dejo de plantearme los dramas de muchas casas: desencuentros, peleas, maltratos, falta de espacio, desesperanza… Y el peor: los fallecimientos. El no poderse despedir. Todas las culturas tienen rituales funerarios porque es inherente en el ser humano despedirse de sus seres queridos. Horroriza escuchar noticias al respecto.

La situación es excepcional. Y por ello, debemos tener esperanza (estado de fe y de ánimo optimista basado en la expectativa de resultados favorables).

Leyendo libros de personas que han estado en campos de concentración constato que, lo que les ayudó fue la esperanza, el imaginar un futuro; los que se deprimían, morían antes. Resistir no solo consiste en reírse de los chistes enviados por whatsApp -que todo ayuda- sino en poder reflexionar sobre nuestra manera de vivir, nuestra vulnerabilidad, sobre lo que en realidad nos importa, sobre cómo cambiar lo que no nos gusta. Este confinamiento puede convertirse un una película de terror o en una remoción total de nuestro ser que nos lleve a ser mejor personas y a valorar lo que es realmente importante.

La situación saca lo mejor y lo peor de nosotros. Profesionales que se están dejando la piel para ayudar contrastan con la rabia y el vocerío de algunos sectores, sobre todo el político, que están demostrando muy poca solidaridad. No es el momento de reproches ni del «lo que hay que hacer», sino de dar ánimos, de trabajar en equipo y después ya analizaremos. Me sorprenden comentarios como los del presidente de Brasil, con la «gripecita» cuando el mundo se ha paralizado, O la actitud del primer ministro del Reino Unido o de Trump, pero no quisiera verme en el pellejo de ninguno de ellos.

Leamos, cocinemos, trabajemos desde casa -el que pueda-, cuidémonos mucho y que, cuando esto acabe, salgamos renovados y mejores personas.

Fin de año: un duelo y un pacto

Todavía no es mediodía y ya he recibido muchos whatsApps deseándome lo mejor para el próximo año. Hoy se regalan buenos deseos de todo corazón. Sin embargo, también flota en el aire una cierta melancolía: un año más/un año menos.  Freud, en su texto “Un cuento de Navidad” (comunicación a W. Fliess, 1896) decía que toda fiesta celebra a la vez un duelo y un pacto.  Duelo por lo perdido: los que no están, lo que no conseguimos. Y el pacto (con la vida, con Dios o con uno mismo) que nos anima a hacer lo que no hemos hecho: ir al gimnasio, contactar con aquel amigo que hace año que no vemos, poner orden… renovarnos. El final del año nos recuerda nuestras cuentas pendientes y lo efímero del tiempo ¡Qué deprisa pasa!

La celebración de la Navidad casi siempre es ambivalente. La reunión de la familia pone al descubierto las diferencias que existen entre sus miembros; la obligación de estar juntos, de celebrar, de ser felices puede tensar profundamente los lazos afectivos inconscientes. Cuando, por fin, acaban las reuniones familiares, llega fin de año y, se supone, que ese día sí que hay que divertirse, reunirse con los amigos, comer las uvas y recibir el año con alegría y con deseos de renovación, aunque al día siguiente vamos a seguir igual. La ruptura del calendario genera siempre emociones contradictorias

Estos días son días de demostrarse sentimientos, de regalarse cosas, pero también de añoranza, de recuerdos infantiles –los reyes, la abuela que venía con un regalo que no nos gustaba, la hermana que proponía salir de noche en fin de año y no la dejaban..- y de displacer. Nos afloran las emociones y sentimos miedo. Miedo del futuro, de los que nos ocurrirá en el año entrante, temor de que todos esos deseos y proyectos no se cumplan, angustia ante el paso del tiempo, ante la conciencia de finitud. Y, para conjurar esos miedos, preparamos lo que promete ser una noche fantástica y divertida.

Yo la voy a pasar cenando en familia y viendo Cachitos

tic tac tic tac

La importancia de la palabra

Tengo muy abandonada mi recién creada página web porque llevo días planteándome si escribir o no sobre nuestra realidad en Catalunya. Estaba tan triste estos días, que no podía escribir  sobre lo que está ocurriendo en mi querida Barcelona. Escribir suponía revivirlo y no tenía ganas.

Me viene a la mente un poema de  Miguel Hernández que dice así:
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.
Tristes armas
si no son las palabras
.
Tristes. Tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.

También Sabina y Chavela dicen en una preciosa canción: “que el diccionario detenga las balas”….

¿Podemos hablar en vez de pelearnos? ¿Podemos pensar en vez de actuar? Los psicólogos trabajamos con la palabra. La palabra protagoniza la cura. Pero, nuestros políticos no saben hablar; se imponen, se dañan identidades y se genera violencia.

El día 18 de este mes, José Ramón Ubieto, psicoanalista, publicó un fantástico artículo, que tituló ¿Quién agita a los violentos?

Ubieto dice que “la violencia es un pasaje al acto, un franqueamiento de la palabra, un atravesarla para ir más allá”. Nos recuerda a Lacan cuando dice que: “en los confines donde la palabra dimite empieza el dominio de la violencia”. Por eso, tratar de entenderla –dice Jose Ramón- “exige pensar en las coordenadas de ese acto, en lo que lo rodea y lo precipita, más que en causas únicas y definitivas que –sean las que sean- no suele haberlas”.

Destaca, el autor del artículo, tres tipos de perfiles violentos:

-Los que creen que la violencia es un instrumento eficaz al servicio de su causa política y cuyos daños son asumidos como menores respecto al fin perseguido. En este caso, resulta evidente que no representa al movimiento independentista, mayoritariamente pacífico (cito textual)

-Los que realizan -con la violencia- su pulsión de muerte, al margen de cualquier discurso ideológico o causa colectiva. Para ellos solo cuenta el goce de la destrucción, la satisfacción de ver arder los objetos. La satisfacción que les procuran los focos puestos en ellos: policía, cámaras o las propias llamas, es su única y principal “causa”.

-Los mirones, los que están allá fascinados y excitados por lo que está pasando. Con más o menos recursos ideológicos, asisten algo dubitativos y sin capuchas porque no son conscientes de su responsabilidad. Son una mezcla de espectadores y actores secundarios, atrapados en el instante de mirar. Muchos de ellos no repiten o se van pronto.

Ubieto añade un cuero elemento:

Los líderes políticos y/o de opinión que con sus palabras incendiarias caldean el ambiente y dan legitimidad a unos actos que de no encontrar esas coordenadas significantes quedarían reservados a ámbitos más privados.

A estos quería referirme yo. Porque, exacerbar las emociones de las personas es muy peligroso y de una irresponsabilidad tremenda. Cuando un político catalán ataca a España, aumenta el antiespañolismo y el anticatalanismo (por reacción) y surge la extrema izquierda o la extrema derecha con un discurso igual de xenófobo. Tanto me dan las misas en Montserrat o en el Valle de los caídos. Las consecuencias de estas intervenciones son terribles. Los catalanes estamos divididos y no es una división ideológica o política, es identitaria y estamos manipulados por discursos muy primarios que han caldeado el ambiente hasta provocar una violencia callejera que nos repele a todos.

Deberíamos pararnos a pensar, respetarnos, escucharnos, negociar y ceder.

Respetarnos… Enciende, al ciudadano de a pie, escuchar a los políticos hablar hoy de pactos cuando no han pactado. Volvemos a votar porque no saben hacer su trabajo: pactar, negociar, elaborar programas creíbles coherentes con la supuesta ideología de partido, ceder, ecucharse… Esa es la ética que debe orientarnos, y más a aquellos, los políticos, los periodistas, los que mandan,  que por su función deben ser más conscientes del poder de la palabra.