La hermana fue el último libro que Sándor Márai publicó en su país antes de exiliarse. Escrita en 1946, a continuación de “El último encuentro” y con la segunda guerra mundial como telón de fondo, “La hermana” es un claro exponente de la extraordinaria sensibilidad de Márai para abordar las preocupaciones primordiales del ser humano: la pasión, el dolor, la enfermedad, la música, el éxtasis del arte y el misterio de la muerte.
La novela está estructurada en dos partes, cada una de ellas contada en primera persona por dos narradores diferentes. Y tiene un momento culminante, un enigma, que cambia el destino del protagonista: una voz de mujer que dice: ”no quiero que se muera”. Cuando oye esta voz, el protagonista “decide no morirse” y empieza su recuperación, recuperación que no es total pues, mientras leemos la novela, el sr. Z está muerto.
El escenario de la primera parte es un hotel modesto, en la alta montaña, en el que el narrador, un escritor de renombre, conoce al compositor, Sr. Z. Márai hace una perfecta y honda descripción de los huéspedes del hotel profundizando en sus personalidades. En el hotel había una pareja de amantes que, tras fugarse juntos, se suicida. Después del suicidio, Márai, en boca del narrador realiza unas interesantes reflexiones sobre la pasión y la razón cuestionándose cuál de las dos debe imponerse sobre la otra. El escritor y Z. hablan también sobre la aceptación de las cosas, de la muerte y del destino.
La segunda parte de la novela es un manuscrito escrito por Z., en primera persona que nos narra el viaje de Z a Florencia invitado por el gobierno italiano, para dar un concierto. Cuando falta poco para cruzar la frontera, Z. se siente enfermo e intuye que nada volverá a ser como antes. Estaba alejándose de E., mujer misteriosa, a la que ama profundamente, pero que está “enferma”: es frígida. E. está casada y pertenece a la alta sociedad. Tras el concierto Z. es ingresado en un hospital florentino, donde pasará los meses siguientes debatiéndose entre la vida y la muerte, aquejado de una rara enfermedad vírica (¿podría ser una ELA?). El médico no le da el nombre de la enfermedad porque no es importante colocar un letrero sino saber qué le pasa y cómo lo vivirá el protagonista, singularmente.
Las conversaciones con el médico y las hermanas que le atienden se convierten en una lucha entre la vida y la muerte, entre la lucidez y la locura a la que le conducen los fármacos que le administran. Durante uno de los delirios causados por la morfina, Z. escucha una voz femenina que le susurra: «no quiero que mueras». Las palabras actúan como un revulsivo y el enfermo empieza una rápida recuperación que lo lleva a replantearse aspectos fundamentales de su vida. Sin embargo, pese a sus indagaciones, nunca logrará saber con certeza a quién le pidió aquella noche, en la penumbra de la habitación, que siguiera viviendo.
El sentido de la vida, de esta novela, me lleva al libro de Victor Frankl, psiquiatra judío, que tras pasar 4 años en un campo de concentración, explica que cuando uno se enfrenta a un destino ineludible, la vida ofrece la oportunidad de realizar el valor supremo de cumplir el sentido más profundo: aceptar el sufrimiento. El valor no reside en el sufrimiento en sí sino en la actitud para soportarlo. El sentido de la vida cambia continuamente, pero no cesa nunca de existir.
La muerte es otro concepto permanente, ya sea como una sombra que acecha a los personajes o como una realidad impuesta contra la voluntad de los seres humanos, tanto en lo individual como en los holocaustos perpetrados durante la guerra, que es como un telón de fondo que siempre está presente en esta novela.
Me ha llamado mucho la atención la relación que establece Z con su enfermedad. En ningún momento se angustia o se atormenta. La vive con absoluta curiosidad, observándola desde fuera.Y la relación con el dolor: “Por la mañana dolía de otra forma, de una forma matutina, porque, al igual que el amor es distinto por la mañana, por la tarde y por la noche, el baremo del dolor también cambia según las franjas del día”.
Resulta espectacular cómo Márai consigue que, incluso estando el protagonista dentro de la misma muerte, el texto irradie en cada línea esperanza. Transmite un sereno optimismo. No se queda anclado en la enfermedad. Se acerca a la esperanza, a la posibilidad de curación, a la vuelta a la vida desde las ganas de sobrevivir del ser humano. En el fondo Márai plantea esa necesidad de voluntad para huir de la enfermedad y del conflicto en la vida. «Busque la vida», le sugiere el médico al músico para salvarle de la enfermedad. Vida y literatura se cruzan en Márai y ambas luchan entre sí con furor y rabia. El exilio voluntario del escritor en Europa, la prohibición de su obra en Hungría, su suicidio en San Diego a los 89 años, antes de la caída de Berlín, son exponentes de ese terrible sufrimiento y de su lucha constante por la vida.
La hermana debió esperar casi veinte años, desde que su autor se quitara la vida en San Diego, California, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín. Márai nació justamente el mismo año que v Nietszche, 1900 y experimentó, desde muy joven, el exilio, primero voluntario, en Europa, y luego forzoso e inevitable como emigrante a Estados Unidos. Con la instauración del régimen comunista en la Hungría de 1948 sus novelas fueron prohibidas y su nombre tachado de los círculos literarios e intelectuales de su ciudad natal (Kassa, hoy perteneciente a Eslovaquia).

Sándor Márai en cada uno de sus libros consigue poner justamente el dedo en la llaga, hurgar en la herida, recordar lo olvidado, hacernos ver lo que a veces no queremos mirar, pues como uno de los personajes de la novela dice: «Vivir exige mucha responsabilidad».


