¿Cómo no hablar del coronavirus? Me resistía, pero es una de las experiencias más intensas de mi vida y no puedo dejarla de lado. Lo que empezó siendo como una fiesta (¡qué bien!: trabajo desde casa, arreglo armarios, leo, me encuentro conmigo misma…) se está convirtiendo en una pesadilla. Todos sabemos que hay que ser fuertes y resistir, pero no dejo de plantearme los dramas de muchas casas: desencuentros, peleas, maltratos, falta de espacio, desesperanza… Y el peor: los fallecimientos. El no poderse despedir. Todas las culturas tienen rituales funerarios porque es inherente en el ser humano despedirse de sus seres queridos. Horroriza escuchar noticias al respecto.
La situación es excepcional. Y por ello, debemos tener esperanza (estado de fe y de ánimo optimista basado en la expectativa de resultados favorables).
Leyendo libros de personas que han estado en campos de concentración constato que, lo que les ayudó fue la esperanza, el imaginar un futuro; los que se deprimían, morían antes. Resistir no solo consiste en reírse de los chistes enviados por whatsApp -que todo ayuda- sino en poder reflexionar sobre nuestra manera de vivir, nuestra vulnerabilidad, sobre lo que en realidad nos importa, sobre cómo cambiar lo que no nos gusta. Este confinamiento puede convertirse un una película de terror o en una remoción total de nuestro ser que nos lleve a ser mejor personas y a valorar lo que es realmente importante.
La situación saca lo mejor y lo peor de nosotros. Profesionales que se están dejando la piel para ayudar contrastan con la rabia y el vocerío de algunos sectores, sobre todo el político, que están demostrando muy poca solidaridad. No es el momento de reproches ni del «lo que hay que hacer», sino de dar ánimos, de trabajar en equipo y después ya analizaremos. Me sorprenden comentarios como los del presidente de Brasil, con la «gripecita» cuando el mundo se ha paralizado, O la actitud del primer ministro del Reino Unido o de Trump, pero no quisiera verme en el pellejo de ninguno de ellos.
Leamos, cocinemos, trabajemos desde casa -el que pueda-, cuidémonos mucho y que, cuando esto acabe, salgamos renovados y mejores personas.