Estamos viviendo -o acabando de vivir- una situación impensable. De la mal llamada «gripe española» no sabíamos casi nada ni nos interesaba el tema (en general). Y, de repente, el virus de Wuhan azota al mundo, nos confina, nos cambia la vida y nos damos cuenta de nuestra vulnerabilidad. También nos damos cuenta de nuestra inconsciencia y de nuestra capacidad de negación: esto no va conmigo. Una vez, en broma -creo-, un familiar que estaba leyendo las esquelas, me dijo: «últimamente se está muriendo mucha gente que no se había muerto nunca» y nos reímos. Siempre son los demás los que fallecen.
Se levantan las restricciones y se llenan las calles de gente que baila, grita, fuma, bebe y va sin mascarilla. Los más, nos escandalizamos; pero ¿A qué podemos atribuir esa conducta? El virus, las pandemias, nos cambian la vida e influyen en nuestros vínculos y nuestras costumbres. Nos asustan y nos plantean enormes cuestiones sobre nuestras relaciones, sobre la muerte, sobre nuestra fragilidad. Pero, aunque invertimos muchos recursos en afrontar el tema (véase la rápida creación de vacunas a nivel mundial), después nos olvidamos. Es la pulsión de vida.
Lo que resulta y ha resultado más difícil es perder la libertad. La pérdida de libertad, como ocurre en la cárcel, nos remite a la idea de ser dominados, de no poder elegir y gobernar nuestra vida. Y, aunque entendemos que, en el caso de la pandemia, es por nuestro bien, no deja de evocarnos un castigo: «hoy no sales». Nuestro aislamiento, por otra parte, se traduce socialmente en seguridad y tranquilidad. Y esa ambivalencia entre sentirse libre y/o dominado -por nuestro bien, no como castigo- es lo que nos tiene (o tenía) tan tristes, desencantados y cansados. Perder la libertad de salir, de reunirte con los amigos, de viajar, de moverte por donde quieras genera un gran impacto emocional. La falta de abrazos, de contacto con los seres queridos, la soledad, la afectación de toda esta situación en nuestra sexualidad y el miedo al futuro (por no hablar de los duelos, de las pérdidas de todo tipo) ha afectado profundamente a nuestras vidas.
Por eso, y por una tremenda falta de respeto a los demás, salió la gente a la calle a las 00,00 horas desbocada e incluso felicitándose el año nuevo en pleno mes de mayo. Un año nuevo sin virus. Ese es nuestro deseo: la libertad. Fuera la mascarilla que nos tapa la boca e interfiere la comunicación, fuera las restricciones al movimiento, fin de las muertes. El deseo ha podido más que la realidad y no queremos ni oír que virus sigue ahí. Los más mayores están más tranquilos, porque están vacunados. Y los más jóvenes creen que esto no va con ellos.
Y en toda esta desazón no hemos tenido la sensación de que nuestros políticos nos cuiden. Todos discutiendo, peleándose, echándose la culpa hasta del virus….
Quizá, cuando salgamos de verdad de este agujero podamos analizarlo mejor y ver el impacto real que ha dejado en nuestras vidas.