Tengo muy abandonada mi recién creada página web porque llevo días planteándome si escribir o no sobre nuestra realidad en Catalunya. Estaba tan triste estos días, que no podía escribir sobre lo que está ocurriendo en mi querida Barcelona. Escribir suponía revivirlo y no tenía ganas.
Me viene a la mente un poema de Miguel Hernández que dice así:
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.
También Sabina y Chavela dicen en una preciosa canción: “que el diccionario detenga las balas”….
¿Podemos hablar en vez de pelearnos? ¿Podemos pensar en vez de actuar? Los psicólogos trabajamos con la palabra. La palabra protagoniza la cura. Pero, nuestros políticos no saben hablar; se imponen, se dañan identidades y se genera violencia.
El día 18 de este mes, José Ramón Ubieto, psicoanalista, publicó un fantástico artículo, que tituló ¿Quién agita a los violentos?
Ubieto dice que “la violencia es un pasaje al acto, un franqueamiento de la palabra, un atravesarla para ir más allá”. Nos recuerda a Lacan cuando dice que: “en los confines donde la palabra dimite empieza el dominio de la violencia”. Por eso, tratar de entenderla –dice Jose Ramón- “exige pensar en las coordenadas de ese acto, en lo que lo rodea y lo precipita, más que en causas únicas y definitivas que –sean las que sean- no suele haberlas”.
Destaca, el autor del artículo, tres tipos de perfiles violentos:
-Los que creen que la violencia es un instrumento eficaz al servicio de su causa política y cuyos daños son asumidos como menores respecto al fin perseguido. En este caso, resulta evidente que no representa al movimiento independentista, mayoritariamente pacífico (cito textual)
-Los que realizan -con la violencia- su pulsión de muerte, al margen de cualquier discurso ideológico o causa colectiva. Para ellos solo cuenta el goce de la destrucción, la satisfacción de ver arder los objetos. La satisfacción que les procuran los focos puestos en ellos: policía, cámaras o las propias llamas, es su única y principal “causa”.
-Los mirones, los que están allá fascinados y excitados por lo que está pasando. Con más o menos recursos ideológicos, asisten algo dubitativos y sin capuchas porque no son conscientes de su responsabilidad. Son una mezcla de espectadores y actores secundarios, atrapados en el instante de mirar. Muchos de ellos no repiten o se van pronto.
Ubieto añade un cuero elemento:
Los líderes políticos y/o de opinión que con sus palabras incendiarias caldean el ambiente y dan legitimidad a unos actos que de no encontrar esas coordenadas significantes quedarían reservados a ámbitos más privados.
A estos quería referirme yo. Porque, exacerbar las emociones de las personas es muy peligroso y de una irresponsabilidad tremenda. Cuando un político catalán ataca a España, aumenta el antiespañolismo y el anticatalanismo (por reacción) y surge la extrema izquierda o la extrema derecha con un discurso igual de xenófobo. Tanto me dan las misas en Montserrat o en el Valle de los caídos. Las consecuencias de estas intervenciones son terribles. Los catalanes estamos divididos y no es una división ideológica o política, es identitaria y estamos manipulados por discursos muy primarios que han caldeado el ambiente hasta provocar una violencia callejera que nos repele a todos.
Deberíamos pararnos a pensar, respetarnos, escucharnos, negociar y ceder.
Respetarnos… Enciende, al ciudadano de a pie, escuchar a los políticos hablar hoy de pactos cuando no han pactado. Volvemos a votar porque no saben hacer su trabajo: pactar, negociar, elaborar programas creíbles coherentes con la supuesta ideología de partido, ceder, ecucharse… Esa es la ética que debe orientarnos, y más a aquellos, los políticos, los periodistas, los que mandan, que por su función deben ser más conscientes del poder de la palabra.