La sobre-protección

Los niños pequeños creen que por querer una cosa, la tienen (desgraciadamente, muchos adolescentes, en la actualidad, también participan de esta creencia) y es función de los padres poner límites y “frustrar” porque los límites estructuran.

La sociedad se ha vuelto buenista y sobre-protectora y parece que, hoy día, frustrar a un niño es delito y mucho más si el niño tiene algún tipo de problema o alguna discapacidad y nos da pena, “pobrecito”… Ese “pobrecito” lo invalida.

Los niños, por una parte quieren mimos y soluciones pero, por otra, desean ser auto-suficientes y hacer las cosas solos para sentirse mayores y autónomos y así van adquiriendo confianza en sí mismos. Los niños tienen que aprender lo que pueden hacer y lo que no pueden o no deben hacer. Una prohibición, un NO puede originar una pataleta, un enfado en niños con baja tolerancia a la frustración y pueden sentir mucha rabia, pero hay que mantenerse firme; nuestra palabra tiene que sostenerse. La rabieta no puede suprimir la norma.

He escuchado a padres decir: “no puedo con él; siempre se sale con la suya…” refiriéndose a su hijo de tres años que no levanta un palmo del suelo (¿qué ocurrirá en la adolescencia?).

Los padres deben comprender que no es posible dar a su hijo todo lo que desee, colmarlo. No es posible y es contraproducente. No es extraño que un niño de 8 o 9 años no sepa qué quiere por su cumpleaños porque lo tiene todo…No debemos ahogar el deseo. Poner límites es beneficioso (la vida está lleno de ellos) y permite al niño contactar con la realidad.

Recordemos que el niño encuentra mucho placer en sus progresos y necesita estímulos y confianza “ya eres mayor y puedes…”

El niño encuentra placer en sus progresos

Por tanto, limitar, pautar, no colmar el deseo ni ahogarlo, permitir el fracaso (y la vuelta a intentarlo) son criterios educativos a tener muy presentes en todos los niños –también en los niños con discapacidad)-

Un comentario en «La sobre-protección»

  • septiembre 12, 2019 a las 10:10 am
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    Tienes mucha razón. A veces me da la impresión de que cuando nace un hijo nuestro ya nos hemos «rendido» a cada uno de sus deseos. «¡Por Dios, que no sufra!»… O… «¡Que no nos dé la lata!». Y si nace «diferente», ya no digamos.

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